Sabe lo que le apetece hacer,
A cada momento,
Pero se puede contener,
Esperando el siguiente movimiento.
Su amiga la marea sube,
Y sabe que no le va a guardar,
Las banalidades que enterró,
En la arena del fondo del mar.
A cada lugar,
Siempre con su sombrero,
Las damas de la vieja ciudad,
Nunca escucharon “te quiero”.
Aún así acaba sorprendiendo a la gente,
Con su sonrisa latente,
Con sus labios torcidos,
Con sus abrazos distantes.
Cambiará de lugar su buzón,
Y seguirá recibiendo mil cartas,
De un respiro a su corazón,
No juegue a ver cuánto aguanta.
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